viernes, 2 de octubre de 2009

LA GRANDEZA DE MEL ZELAYA EN LA EMBAJADA DE BRASIL


Miércoles 30 de Septiembre de 2009

Octavio Huerta

Un día después de su cumpleaños, el líder de la resistencia, el Presidente Constitucional de Honduras, José Manuel Zelaya, regresó a su patria natal, de donde no debió haber salido jamás de la manera como fue expatriado.

Su regreso ha sido un movimiento de ajedrez político de gran envergadura, por muchas razones que ahora expondremos en los siguientes párrafos.

Pero antes, se debe dejar muy claramente establecido que el golpe de Estado en Honduras, sigue siendo la carta bajo la manga de la camisa que debió haber allanado el perfecto camino de la defenestración del proyecto de una nueva democracia que habría de demoler todos los pilares del dominio nacional del poder fáctico, mediático y político militar, incluyendo a los planes norteamericanos de tipo geopolítico, si se tiene en cuenta que Honduras, antes de Manuel Zelaya Rosales, era el traspatio servil del imperio.

En América del Sur y en América Central, los pueblos han girado su ojos hacia una nuevo tipo de democracia que ahora se identifica como democracia participativa. Ello ha debilitado las burguesías nacionales y también la influencia directa sobre los gobiernos conservadores, desde el Pentágono y el Departamento de Estado.

Honduras por su situación geográfica tiene la gracia de ubicarse en el centro de Centroamérica, y es el paso obligado de cualquier migración o fuerza militar hacia el Este, el Oeste, o hacia el Norte o al Sur.

Desde esta perspectiva, la democracia hondureña durante todo el siglo XX y parte del siglo XXI fue dirigida hacia el mantenimiento y conservación de estructuras político-sociales convenientemente situadas en la derecha del camino de la historia.

Por accidente del destino, llegó a la Presidencia un hombre que por su ascendencia rural, no significaba ningún obstáculo al desarrollo del plan norteamericano de dominio interno y externo de Honduras.

Cuando el Presidente Zelaya comenzó a ofrecer respuestas socio-políticas de soberanía popular, y atender la masa de campesinos y obreros relegados a lo largo de la historia contemporánea, el Pentágono y el Departamento de Estado, a la sazón en manos de la ultraderecha norteamericana, pusieron el grito en el cielo. Algo olía mal y se movía de manera diferente al camino trazado por la derecha imperial en contubernio con la derecha nacional.

La Consulta Popular para instalar una cuarta urna, en la que el pueblo decidiría si se reformaba la Constitución actual, fue el aldabonazo que dejó sin respiración a todos los protagonistas de la derecha aludida. Era imposible que en las mismas barbas del monstruo imperial se pudiera concretar un hecho político parecido al de Bolivia, Ecuador, Venezuela, Nicaragua, el Salvador y Guatemala.

No era eso posible. Había que detener aquel proceso a costa de lo que fuese. A costa de cientos de muertos, heridos, encarcelados, desaparecidos, violando todos los derechos humanos habidos y por haber, destruyendo toda la normativa jurídica ciudadana, en fin, movilizando un ejército parasitario del Estado, una policía inútil, una Corte Suprema inmoral, una Fiscalía corrupta, unos diputados comercializados al mejor postor, unos políticos ambiciosos, inescrupulosos y fundamentalmente apátridas, aliados con una empresa privada mercenaria, nacida en las arenosas extensiones de un desierto lejano donde el atavismo de la venganza étnica es y ha sido el carril de su pasado y de un futuro incierto.

Así que el plan ejecutado un día del mes de junio, cumplió su rol, su objetivo de aplastar toda posibilidad de otorgar al pueblo la soberanía de que es propietario, a costa de lo que fuese, como fuese y cuanto fuese.

El imperio se inventó el retozo de nunca acabar, el Convenio de San José, que representa una especie de retozoo político internacional, donde nada es lo que es, donde todo parece ser pero nada es lo que existe. Recreación perversa que tiene al mundo entero en plena conferencia inútil, en discursos hipócritas y descalificados por la acción verdadera de la realidad nacional envuelta en la vorágine de la bestialidad dictatorial.

Todo ello siguiendo un detallado plan maquiavélico para desgastar fuerzas ingenuas, inocentes y crédulas a niveles mundiales y a niveles locales.

He allí que, nuevamente, Mel Zelaya toma el toro por los cuernos y desenmascara toda la parafernalia montada en los poderes mediáticos y políticos que siguen el juego de nunca acabar: te engaño y me engañas y te vuelvo a engañar.

Desde su propìo territorio natal, en una Embajada Latinoamericana, Mel Zelaya ha puesto a mundo y raimundo en estado de incompetencia diplomática.

Le ha dado vuelta al calcetín al plan concebido para dejarlo para siempre fuera del ruedo político. Así que ha enfurecido al Pentágono, al Departamento de Estado, a los monigotes que dirigen el gobierno de facto. En fin, a todos aquellos que se han acostumbrado a una diplomacia palaciega, servil y apátrida.

Cierto que pone en peligro su vida, pero es más cierto que en este momento, la comunidad internacional diplomática y amanerada, está desencajada sin saber que acción tomar.

Mientras tanto, el Presidente más digno que tiene la historia de Honduras en los últimos cien años de su vida política, resiste la avalancha del odio y la perversidad que puede realizar un esquizofrénico encargado de dirigir la nave de la tragedia nacional.

Allí está nuestro líder, nuestro héroe, nuestro hermano, amigo y compatriota, con su familia, resistiendo pacíficamente una guerra cruel, inhumana y completamente desquiciada. Allí se encuentra fuerte y firme, derrumbando toda patraña y toda mentira, hasta que resplandezca como un sol radiante la verdad y el futuro auténtico del pueblo hondureño. Lo acompañan Lempira, Francisco Morazán, Dionisio de Herrera, José Trinidad Cabañas y demás fundadores de la República, hoy en estado de completa postración.


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